Un granadero, Mujica Lainez

El indio Tamay alquila en la Recova un cuarto pequeñito. En él vende, hace muchos años, estampas, escapularios, ropa hecha y, algunos días, empanadas y tortas. Desde la mañana, cuando la estación lo permite, se sienta bajo las arcadas aguardando a los compradores y aventándose con una hoja de palmera. En invierno, el indio no se aparta del brasero sobre el cual se calienta la pava del mate. Al anochecer regresa sin apurarse a su rancho del barrio de la Concepción. Arrastra la
pierna lisiada; a un costado de la chaqueta, la manga izquierda, vacía, hace ademanes absurdos. Perdió el brazo en la rendición del Callao, en 1821; allí le hirieron en la pierna también: a pesar de las invalideces, Tamay sigue siendo esbelto como cuando, treinta y ocho años atrás, don Francisco Doblas se presentó en Yapeyú, comisionado por el gobierno para invitar a los jóvenes a alistarse en el cuerpo que organizaba el coronel San Martín, y él obedeció al reclamo con Nambú, con Benítez, con los hermanos Itá, con Herrera, con Tabaré...
Tamay no tiene amigos. Los únicos que se aproximan a él y le rodean, en su puesto de la Recova, son los negritos y los «bandoleros», los muchachos zumbones que cuidan las bandolas portátiles y que, mientras husmean alrededor de los mostradores armados en tijera, no cesan de cotorrear, de sacarse la lengua, de decir malas palabras y de inventar perrerías. El indio, impasible como un santón, les sosiega levantando la palma flaca. Entonces le piden que les cuente algo más, algo más «de antes», de cuando era granadero. Y Tamay, que rumia un castellano difícil mechándolo con disonancias guaraníes, vuelve a relatarles las historias de su juventud, las historias de una vida tan remota, tan alucinante, tan distinta de la que ahora vive, que a menudo le parece que él no es más que un narrador y que las cosas que refiere le fueron contadas en su infancia, cuando cazaba pájaros y mariposas en las selvas de Misiones.
Atiéndenle los pillos recoveros sin parpadear, y de nuevo desfilan ante ellos las grandes batallas sangrientas, como pintadas en vastos óleos, en los que no falta ni la silueta del jefe con el catalejo en la diestra, ni el primer plano de revueltas cabalgaduras y de tambores esparcidos: así, desde San Lorenzo hasta la toma del Callao, donde hirieron a Tamay y casi le matan. El indio no es muy locuaz; cuando habla no mueve un músculo del cuerpo tenso; pero sus palabras salmodiadas excitan la imaginación de los oyentes, quienes les incorporan un lujo dramático de su propia cosecha, de tal suerte que unas pocas frases bastan para que aparezca ante los deslumbrados adolescentes todo el esplendor, todo el riesgo, toda la gloria y toda la penuria de esa campaña de ocho años: el paso de los Andes inmensos, cuya sobria evocación siempre hace levantar los ojos del auditorio, más allá de la Catedral, más allá del Cabildo, hacia las nubes recortadas en la metopa azul como un friso de antiguos mármoles; los entreveros vibrantes: Chacabuco, la guerra en el sur de Chile, el asalto de Talcahuano, Maipo; la expedición a Lima, el Callao... y la vuelta a la patria, a Buenos Aires, porque ya no podía luchar.
El rescoldo del brasero, inquietado por un soplo de brisa, empurpura de repente el rostro del indio. Y los muchachos suponen que están ante un viejo hechicero venido de los bosques mágicos, y le ruegan que les cuente más. Tamay les dice las máquinas que fue menester construir para que los cañones atravesaran la cordillera infinita; o les recuerda cómo, al adiestrarles, el Libertador les juraba que con el sable en la mano partirían como sandía la cabeza del primer godo que se les pusiera por delante; o alude con cuatro o cinco frases a la tristeza de San Martín cuando trepó la cuesta de Chacabuco, de regreso a Buenos Aires después de la liberación de Chile, y al divisar en una quebrada un montículo murmuró: ¡Pobres negros!, refiriéndose a los libertos del número 8 que perecieron en la batalla y fueron enterrados allí. Y los negritos que escuchan sienten que los ojos se les llenan de lágrimas y se suenan la nariz con los dedos, pero al instante sus caras lisas se aclaran y aprietan los dientes blancos, porque Tamay sonríe y habla de una fiesta que hubo en Lima, en el palacio de los Virreyes, en honor del general.
—¿Y vos comías mucho, don Tamay? —preguntan los negros.
—¿Y qué comías?
—¿Y tomabas vino, don Tamay?
—Aja, vino de España, mismo.
Los muchachos, desperezada la gula por el imaginario olor de los festines virreinales, ojean las empanadas v las tortas del guaraní. Entonces el granadero golpea la mano contra la rodilla:
—¡Basta! ¡Basta ya!
Y se van a la carrera, a través de la plaza principal que limitan los arcos.

Pero hoy no hubo ni «bandoleros» ni negritos. Andan muy atareados, con sus cajas, con sus pantallas, lidiando con los perros y con las moscas y gritando cosas que encrespan a las damas mayores. Una criada de la casa de don Felipe Arana, el ministro, vino con el pretexto de comprar un rosario. Tamay detesta a la mestiza que antes, cuando él era mozo, le rondaba, y que no le ha perdonado su desdén. Si se le acerca es porque trae mala noticia.
La mujer se demora y revuelve las puntillas gruesas y los peines, como si no se decidiera a partir. Por fin exclama:
—¡Qué raro que abriste la tienda hoy, don Tamay!
—¿Y por qué?
—¿No sabes la novedá, don Tamay?
El indio no responde.
—¿No sabés que tu general San Martín ha muerto en la Francia, don Tamay?
El indio escupe en el brasero:
—Ándate, víbora, ándate.
La mestiza se contonea y hace sonar el rosario:
—Se lo oí decir a doña Pascuala, mi ama, don Tamay.
Tamay escupe en las brasas y gira el desdeñoso perfil hacia la Catedral de Buenos Aires, en la que siempre hay obreros porque nunca la terminan.
La mujer está loca. ¿Cómo le viene con ese disparate? ¿Acaso ignora Tamay que si el general San Martín hubiera muerto las campanas de todas las iglesias de Buenos Aires estarían doblando, y la multitud llenaría la plaza, y los chicos vocearían los boletines? Así debiera ser, porque en la Argentina no hubo hombre más grande.

Camino de su rancho, del lado de la Concepción, el indio se detiene porque alguien le chista. Ya avanza la noche y poco se ve. Junto a un zaguán, sus ojos descubren un muchacho. Es un muchacho rubio, tan alto como él pero más robusto.
—¿Me llamas vos?
—Yo te llamaba, don Tamay, para decirte que ha muerto el general San Martín.
El granadero abre la boca para contestarle, y se percata de que así como se negó a creerle a la criada de doña Pascuala Beláustegui, a este mancebo no le conseguiría refutar, pues sus ojos son serios y de su apostura emana un maravilloso poder. Ahora le ve mejor. Están en el marco de una ventana y dentro hay luces, y el indio, ingenuamente, cree reconocer en su interlocutor a un puestero del general Mansilla a quien trató el año pasado en la casa de la calle Potosí que perfuman los sahumerios inolvidables de doña Agustina Rosas: la alhucema, el benjuí, el azahar, el cedrín y el cedrón. Pero no, no es tal puestero. No llevaría ese cinto de monedas de oro.
—¿Y vos quién sos?
El joven ya se esfumó en la tiniebla. ¿Cómo le iba a reconocer el indio Tamay, antiguo granadero y actual vendedor de la Recova, si tampoco le hubieran reconocido los informados poetas de «La Lira Argentina», que con cualquier razón le estaban invocando y solicitando para que se ocupara de nuestros intereses, o metiéndole en sus versos, como si se le pudiera traer y llevar? ¿Cómo iba a reconocerle, si no le reconocerían con toda su mitología cotidiana quienes cantaron:

Marte mismo te observa y queda absorto...

y quienes cantaron:

...del terrible Marte
ya el carro estrepitoso es conducido
por el campo y las calles argentinas...?

¿Cómo iban también a reconocerle los poetas familiarizados con su habitual vestimenta sonora, si aquel mozo ni guiaba carro, ni empuñaba lanza, ni ceñía el casco beocio, ni ostentaba en el centro del escudo un alado grifo?
Las nociones de Tamay sobre los mensajeros espirituales son muy confusas. A Santo Tomás le hubiera individualizado probablemente, por el hábito blanco y negro que ha visto pintado en las imágenes misioneras; al Pay Sumé, padre de la agricultura, que los ancianos de las tribus guaraníes imploran, también le hubiera adivinado; y a Añanga, que es diminuto como un gorgojo: pero sobre Marte (que los poetas impetratorios prefieren llamar Mavorte) carece de referencias, y además no ha hecho más que entreverle un segundo, en un zaguán.
Así que se aleja hacia su rancho, muy triste, pues aunque nada sepa del dios no en vano ha peleado en tantas batallas y es justo que la voz de quien decide sobre la guerra despierte ecos en su sangre militar.
De ahora en adelante, Tamay el indio procede como un autómata. Marte —«Marte mismo»— le va repitiendo:
—¡San Martín ha muerto! ¡Tu general San Martín ha muerto!
Y unos grandes lagrimones surcan las mejillas del granadero de San Martín.
En la puerta de la choza se para. Pero, ¡cómo! ¿San Martín ha muerto en la Francia y nadie, nadie, nadie se apresura a embanderar la ciudad con enlutados pendones; nadie echa a vuelo las fúnebres campanas; nada dicen los periódicos y boletines del señor Juan Manuel; nadie llora?
El indio Tamay entra en su rancho; abre la petaca y saca de él su uniforme. Lentamente, con sacerdotal unción, lo viste. Parece más alto ahora y más digno, con la ropa azul y encarnada, con las palas de bronce escamadas fijas en los hombros, con sus áureos botones. La manga vacía cuelga a un lado y junto a ella el sable le bate la pierna herida.
Paso a paso, retorna al centro de la ciudad. Y comprueba que Buenos Aires duerme. Por los postigos que entreabre la tibia noche de primavera, se deslizan los hondos ronquidos, el misterioso crujir de los muebles y alguna solitaria canción que tranquiliza a una criatura. ¿Nadie piensa en el general San Martín? ¿El general Rosas que, según le han contado al indio, le cita siempre en sus mensajes a la Legislatura, tampoco piensa? ¿Y las campanas del Buenos Aires de San Martín?
A dos cuadras de la Plaza de la Victoria hay una pulpería. El granadero se dirige a ella porque sus luces rayan la vereda rota. Allí sí hay gente despierta, muy despierta, que ríe y grita a pesar de las disposiciones. El indio, encandilado, queda de pie junto a la entrada. El penacho punzó se estremece sobre su morrión viejo; las carrilleras de metal amarillo le tajan los pómulos.
Varios paisanos, emponchados de rojo, juegan al truco. Detrás de la reja, el pulpero sirve unos vasos de vino carlón.
El indio Tamay escucha de nuevo la voz del dios que le dice:
—Ha muerto el general San Martín. Se yergue y grita:
—¡Viva el general San Martín! ¡Viva la Patria!
Los jugadores, sorprendidos, se enfrentan con el inesperado fantasma cuyas espuelas de bronce arañan el suelo.
Uno, más borracho, responde:
—¡Viva Rosas!
—¡Viva el Ilustre Restaurador! —corea el resto.
Y el indio siente que una fuerza más pujante que él mismo y que quizá se origine en la sugestión del mancebo desconocido que le dio la noticia de Francia, le impele a desenvainar con ademán altivo el sable de Maipo y de Chacabuco:
—¡Viva mi general! ¡Viva el general San Martín!
El otro pegó un salto gatuno, enrolló el poncho en un brazo y blande en la diestra el facón. Los demás forman círculo en la pieza gris de humo y azuzan vociferando a los contendientes. Poco duró el duelo. El manco peleaba como quien sabe pelear y le clavó el arma en el vientre a su adversario. Retroceden los compañeros, temerosos, porque el uniforme del guerrero parece iluminado y brillan como soles los soles de los botones metálicos con el lema: «Viva la Patria».
Atraídos por el tumulto, acuden unos serenos de chiripá y calzoncillo cribado y una partida policial. El indio se entrega sin resistir. Cuando le conducen a la cárcel, avista, apoyado en un palenque vecino, al mancebo rubio. Las piezas de oro refulgen en su rastra y en su cinturón. Habría que mirarlas muy de cerca para distinguir lo que representan y habría que ser numismático avezado para descubrir las monedas de la costa de Tracia, labradas con Hércules, con Dionisos, con pámpanos, con delfines, con caballos, con cornucopias, que el dios luce acaso como una alusión señoril a su pelasga genealogía. Pero el indio Tamay ni siquiera está enterado de que la ciencia numismática existe; ni tiene más ojos que para los ojos oscuros del muchacho que, repentinamente, le recuerdan otros ojos graves y bellos encendidos en un balcón de Lima y en un desfiladero de los Andes.
Y mientras el granadero camina hacia la prisión, todas las campanas de Buenos Aires empiezan a doblar, para él, para que sólo él las oiga; la del Cabildo, anunciadora de ocasiones memorables; las de la Catedral, que llevan nombres tan hermosos y se llaman la Santísima Trinidad, la Pura y Limpia Concepción y el nombre del obispo de Tours; las de San Ignacio, las de San Francisco, las de Santo Domingo; todas, todas las campanas porteñas, hasta las muy distantes de la espadaña del Pilar, y de tanto en tanto, a su himno solemne que asciende hacia el esculpido combate de nubes, se mezcla un rápido toque de clarín que, en medio del plañidero repique, se diría verde y dorado. El indio Tamay lo oye y se cuadra.

10 comentarios:

Abril Buccilli dijo...

Abril Buccilli – 3°”A” – Colegio Durham.
UN GRANADERO – MUJICA LAINEZ.
Mi opinión acerca de este relato se puede centrar en una comparativa entre varios factores cotidianos y de historia argentina vista desde dos puntos muy representativos de la Guerra de Malvinas.
La disposición de Tamay puede asemejarse a la de los veteranos de la guerra (anteriormente dicha) ya que ambos casos dejaron consecuencias físicas y psicológicas, un claro ejemplo de este último es la locura que puede generar tanto una guerra (como cuando en “Un ensayo del dolor”, Juanca cerraba los ojos y solo veía batalla) como el acto independentista que ha realizado el pasado ejército guiado por San Martin para que tres países pudieran obtener su libertad que ha sido arrebatada por los realistas. Pero las consecuencias “externas” también pueden relacionarse entre sí, algunos han hasta sufrido lesiones tanto “mínimas” como “extremas” (Tamay perdió un brazo, por ejemplo).
Su situación en relación a los cambios de pensamiento con respecto a lo que él opina sobre su General y a lo que los demás realmente les importa pienso que se puede comparar con la realidad de hoy en día, cuando gente de otras generaciones, al haber sido criado de otra manera bajo distintas condiciones, le resulta (en algunos casos) más trabajo adaptarse al “cambio” de épocas y no comprenden algunas actitudes de la gente “actual”.
Volviendo a la locura, es sabido que en ambos casos hubo uno exigencia física y psicológica similar con consecuencias (de estos mismos ámbitos) semejantes. Creo que, al los dos haber tenido exigencia corporal intensa, pudieron haber desarrollado indicios de demencia que se fueron incrementando hasta el punto de paranoia y/o trastorno.

Sofia Di Sandro (Colegio Durham 3° "A") dijo...

Un granadero- Mujica Lainez
Me pareció un buen relato para conmemorar la muerte del General San José de San Martín (17 de Agosto, Bulogne-sur-Mer, Francia), ya que nos aporta 2 puntos de vista acerca de cómo la gente reacciona ante su fallecimiento:
• En el caso del granadero Tamay, actúa con mucha tristeza e inquietud al darse cuenta de que las campanas suenen en su honor o que la gente no salga a la calle.
• En el caso de las demás personas que aparecen en el relato toman la muerte del general como un hecho triste y rápidamente siguen con sus vidas, como si fuera un hecho sin importancia.
Yo creo que este cuento representa a la población argentina actual, en la que existen ambos puntos de vista mencionados anterior mente.
La muerte del General San José de San Martín debe conmemorarse cada 17 de Agosto ya que él, el Padre de la Patria, liberó a muchos países de Latinoamérica (incluyendo a Argentina), realizó grandes hazañas (como el cruce de los Andes) y nos dio el orgullo de pertenecer a una nación independiente.

Floppy Belu dijo...

FLorencia Otero, 3° "A" Colegio Durham
Este relato me gusto, pero me dejo un poco de tristeza, porque el general fue una persona muy importante para la historia de nuestro país, ya que en: “Un Granadero” relata la tristeza y dolor que siente el Indio Tamay, por la muerte del general San Martín y también porque a la sociedad le es indiferente su muerte. Tamay había participado como granadero en el ejército del general San Martín y estaba orgulloso de él.
Tamay no entendía cómo no sonaban las campanas o los cañonazos en honor al general, ya que él nos había liberado como nación y había realizado grandes hazañas por su pueblo.

Bruno gaita 3ro a Durham dijo...

Este relato me parecio interesante y bueno, pero me parecio un poco triste y injusto.
Me parecio interesante por que el Gral fue una persona que le aporto mucho a nuestro pais y fue muy importante para la historia del mismo.
Me parecio injusto y triste por que las personas no despidieron a una persona como debia y esta muerte no impacto a la sociedad y lo que me parecio triste es el dolor que siente el indio tamay por la muerte del Gral San Martin, este no entendia como no sonaban las campanas en honor al Gral, ya que este fue muy significativo en nuestra Historia

Pola Frasson dijo...

Valentino Frasson 3°A
Este relato me parecio interesante y bueno, pero a la vez un poco triste e injusto.
Me parecio interesante por que el General fue una persona que le aporto mucho a nuestro pais y fue muy importante para la historia del mismo.
Pero fue injusto y triste por que las personas no despidieron a una persona como debian honrarla y esta muerte no impacto a la sociedad como debia haberla impactado y lo que me parecio muy triste es el dolor que siente el indio tamay por la muerte del General San Martin, este no entendia como no sonaban las campanas en honor al General, ya que este fue muy significativo en nuestra Historia.

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

Diego Lazaro Durham 3roA

Esta historia me parecio bastante interesante pero a la vez triste, ya que sabe representar la tristeza de Tamay, yo creo que Tamay se entristecio por el hecho de que el era granadero en la tropa de San Martin, y por eso creo que la muerte de general fue un golpe fuerte para el.
El cuento ademas me provocó injusticia, ya que la sociedad no le dio importancia a la muerte del General, mientras que el liberó a varios paises de América de los españoles.Ademas para que el logre este hecho el hizo el famoso cruce de los Andes a lo que le tomo bastante tiempo.
Ademas creo que la muerte del General San Martin debe honorarse cada 17 de agosto, ya que el es el Padre de la Patria.

Lucas Akerme dijo...

Lucas Akerme 3°A

Este relato me parecio interesante y bueno, pero me parecio un poco triste y injusto.
Me parecio interesante por que el Gral fue una persona que le aporto mucho a nuestro pais y fue muy importante para la historia del mismo.
Me parecio injusto y triste por que las personas no despidieron a una persona como debia y esta muerte no impacto a la sociedad y lo que me parecio triste es el dolor que siente el indio tamay por la muerte del Gral San Martin, este no entendia como no sonaban las campanas en honor al Gral, ya que este fue muy significativo en nuestra Historia.

Delfina Fleita dijo...

Este relato es un poco triste, pero estuvo bueno.
Yo esperaba lo mismo que Tamay, esperaba que las personas salieran a la calle, ya que era el Padre de la Patria, el que lucho por la libertad y la independencia de nuestro país y también por la de Chile y Perú.
Tamay no entendía como no sonaban las campanas en honor al General que dio todo por su pueblo. Me pareció un poco injusto el hecho de que no lo hicieran, que no actuaran como tenia que ser porque al General José de San Martín tenemos que conmemorarlo todos los 17 de Agosto.

Santi Pulleiro dijo...

Santiago F. Pulleiro colegio durham 3roA
Este relato a mi parecer fue una buena reprecentacion de lo que pudo sentir un granadero que participó en el cruce de los Andes con el General San Martín al enterarce de la muerte del General anted mencionado.
Esta obra es un poco triste e injusta por lo antes mencionado y por que cuenta que al momento de la muerte de el general San Martín en nuestro país nadie conmemoró la muerte de este prócer.
Por eso es tan importante el 17 de agosto fecha de la muerte de quien nos libero no solo a los argentinos sino tambien a países vecinos .