Orfeo canta a la creación, fragmento de "El vellocino de oro" por Robert Graves


Se levantó una brisa del sur. Jasón quería navegar siguiendo la costa de Lemnos y luego tomar rumbo al este en dirección al Helesponto, pero Tifis no quería correr el riesgo de estrellar el Argo contra la falda rocosa del cabo Irene. Pues, aunque un barco de vela puede conducirse en dirección oblicua a la del viento, temía los arrecifes de una costa a sotavento; además, la mayor parte de los tripulantes estaban ebrios y no se encontraban en condiciones de remar. Por consiguiente, propuso que su siguiente etapa del viaje fuera Samotracia.

Jasón había oído hablar de Samotracia, pero no sabía si era una ciudad o una isla. Argo le dijo:
–Es una isla, de un tamaño menor que la mitad de Lemnos, y esta situada a unas cinco horas de navegación rumbo al noreste. Los habitantes, como los de Lemnos, son de origen pelasgo.
–Visitémosla –dijo Jasón.
Esperaban poder llegar a Samotracia al atardecer, pero la brisa amainó mucho antes de haber perdido de vista la isla de Lemnos. Todavía se veía elevarse el monte Escopia en el horizonte, al sudoeste, cuando se vieron obligados a utilizar los remos. El sol brillaba implacable y no conseguían poner fuerza en sus paladas. Al anochecer aun no se divisaba Samotracia, había una calma chicha y estaban cansados de remar. Se formó una bruma marina que ocultó el horizonte, oscureciendo incluso la aguda vista de Linceo.
Los argonautas comieron casi en silencio. La mayoría pensaban en las mujeres que habían dejado atrás y se reprochaban su necedad de no haberse quedado al menos unos días más en aquella isla paradisíaca. Idas, que siempre era el primero en interrumpir sin modales, exclamó de pronto:
–¡A los peces con este miserable almuerzo! Es sólo culpa de Orfeo que estemos acurrucados aquí en estos bancos duros, con la garganta llena de bruina, en lugar de estar reclinándonos cómodamente sobre alfombras de piel de cordero teñida, frente a un fuego crepitante y una hilera de ollas ennegrecidas y burbujeantes. Orfeo nos hizo subir a bordo engañándonos con su música. Todos éramos más felices que reyes en Lemnos. ¿Por qué tuvo que hacernos reemprender esta misión ingrata e imposible?
Cástor reprochó a Idas:
– Considérate con suerte de que así lo hiciera Orfeo, Idas. Jamás has mostrado moderación alguna desde que te conocí, cuando eras un niño agresivo y glotón. Unos cuantos días más en Lemnos y serias un cadáver, vencido por un exceso de vino, comida y mujeres. Por mi parte, no deseo nada mejor que volver a caer en el compulsivo hechizo de aquella maravillosa lira, pues al escucharla siento una felicidad mucho mayor que la que me pueda producir una copa del perfumado vino de Lemnos, o un espinazo entero de tierna carne de vaca lemnia, o el blanco y rollizo cuerpo de una de esas amorosas muchachas lemnias.
Linceo, el gemelo de Idas, odiaba a Cástor y a Pólux, cuyo abuelo, Ebalo el aqueo, se había casado por la fuerza con Gorgófone, la abuela minia de Idas y de él mismo, privándoles de una gran parte de su herencia mesenia. Gorgófone fue la primera viuda griega que se volvió a casar, y esto constituyó una constante vergüenza para su padre Afareo. Linceo sonrió con sarcasmo.
–Sí, Cástor, eso dices tú. Pero son las palabras de la saciedad. Tu apetito nunca fue ni grande ni sano. Confiésalo, hace uno o dos días hubieras hablado de un modo muy diferente.
Pólux recogió el reto y le dijo a Linceo:
–Mi hermano al menos no se portó como un bruto, como hizo el tuyo.
En todas partes se elevaron voces, unas de protesta contra esta pelea entre los dos pares de hermanos, otras con la intención de recrudecería. Hércules gruñó:
–Si yo hubiera estado al mando de este navío hubiera empezado el viaje de esta mañana dándole a cada individuo un casco lleno de agua de mar para purgarle el estómago. Pero es Jasón el que manda, y no yo.
Entonces Idmón el augur dijo con su voz chillona:
–No sólo se tenía que haber purgado el estómago, sino también el alma. Ojalá que nuestra próxima escala fuera Delos, la isla sagrada de Apolo, en lugar de la Samotracia pelasga; habría mucho trabajo para sus sacerdotes.
–Sí –asintió Ifito, el focense–, estaría más que bien que pudiéramos desembarcar en Delos y allí bailar la danza circular llamada La Grulla. Nos iríamos entrelazando de derecha a izquierda, hora tras hora, hasta que la monótona música llegara a purgar nuestras almas de todo deseo menos el de continuar danzando de derecha a izquierda, de derecha a izquierda hasta caer desmayados.
–¡Pues vaya qué diversión tan alegre! –dijo el gran Anceo con desdén–. Vamos, salta al agua, Ifito, y muéstranos los pasos. Seguro que Apolo te sostiene; Apolo lo puede hacer casi todo.
Esto hizo reír a algunos, pero otros se enfadaron y más aun cuando Idas dijo:
–Idmón, como es una rana argiva, tiene los pies palmeados. Lleva coturnos para ocultarlos, pero cuando se los ha quitado puede bailar mejor en el agua que en tierra firme.
–Tan sagrada es esta isla de Delos –dijo Idmón con su voz penetrante, que se abría camino entre el murmullo general como una hoz que va cortando la alta hierba que nadie puede nacer ni morir allí. Todos los actos inminentes de nacimiento y muerte se realizan en el islote vecino de Ortigia.
–Ahora comprendo –dijo Hilas por qué Hércules nunca me ha llevado a Delos. Va repartiendo los nacimientos y las muertes tan pródigamente allí donde va, que Delos ya no volvería a ser Delos nunca más.
Con gran alivio de todos, Hércules se tomó bien esta salida y la repitió entre risotadas como si se le hubiese ocurrido a él mismo.
Ascálafo de Orcómeno rara vez hablaba, pero siempre que lo hacía todo el mundo escuchaba, pues su voz salía crujiendo, como de una puerta con los goznes herrumbrosos por falta de uso. En esta ocasión se irguió sobre su banco y levantó la mano diciendo:
–¡Orfeo, Orfeo de Tracia, cántanos un canto a la creación de todas las cosas! Incluso los más sabios de nosotros somos como niños en el saber, comparados contigo. Purga nuestras almas, Orfeo, con el canto a la creación.
Hubo un silencio y luego un lento murmullo de asentimiento. Orfeo afinó su lira, la colocó entre sus rodillas, y se puso a cantar bajito pero con claridad, mientras punteaba las cuerdas.
Cantó de cómo en un tiempo la tierra, el cielo y el mar estaban los tres mezclados en una forma única, hasta que sonó una música fascinante, no se sabe de dónde, y se separaron, aunque siguieron constituyendo un solo universo. Esta misteriosa música anunciaba el nacimiento del alma de Eurínome, pues éste era el nombre original de la Triple Diosa, cuyo símbolo es la luna. Ella era la diosa universal y estaba sola. Como estaba sola, pronto empezó a sentirse triste, entre la desnuda tierra, el mar vacío y los astros que giraban con precisión por el firmamento. Se frotó las frías manos, y al abrirlas de nuevo, salió deslizándose la serpiente Ofión, a quien ella aceptó amar por curiosidad. De las terribles convulsiones de este acto de amor brotaron los ríos, se elevaron las montañas, se hincharon los lagos; causó el nacimiento de toda clase de animalitos y peces y bestias que poblaron la tierra. Avergonzada de inmediato por lo que había hecho, Eurínome mató a la serpiente y envió su espíritu bajo tierra; pero, haciendo un acto de justicia, desterró a su propia sombra, de cara color de mora, para que viviera bajo tierra con el espíritu. A la serpiente le impuso el nuevo nombre «Muerte» y a su sombra llamó Hécate. De los dientes desparramados de la serpiente muerta brotó la raza «sembrada» de hombres, que estaba formada por pastores de ovejas, vacas y caballos, pero ninguno de ellos labró el suelo ni se dedicó a la guerra. Comían sólo leche, miel, nueces y fruta y no conocían la metalurgia. De este modo terminó la primera Edad, que había sido la Edad de Piedra.
Eurínome continuó viviendo en la tierra, el mar y el cielo. Su ser terrestre era Rea, con aliento de flor de aulaga y ojos color ámbar. Un día, bajo su aspecto de Rea, fue a visitar Creta. Del cielo a la tierra hay una gran distancia, la misma, en efecto, que separa la tierra del mundo subterráneo, la distancia que recorrería un yunque si se desplomara por el espacio durante nueve días y nueve noches. En Creta, sintiéndose otra vez sola, Rea formó, con sol y aire, un dios–hombre llamado Cronos para que fuera su amante. Para satisfacer sus anhelos maternales, dio a luz cada año, a partir de entonces, un hijo del Sol en la cueva de Dicte; pero Cronos sentía celos de los hijos del Sol y los mataba, uno tras otro. Rea ocultaba su disgusto. Un día le dijo a Cronos sonriendo:
–Dame, querido, los cinco dedos de tu mano izquierda. Una mano sola es suficiente para un dios tan perezoso como tú. Con ellos haré cinco pequeños dioses que obedezcan tus instrucciones mientras que tú te reclinas aquí conmigo en la ribera florida. Ellos protegerán tus pies y tus piernas de las fatigas innecesarias.
Así pues, le dio los dedos de su mano izquierda y con ellos ella creó cinco pequeños dioses llamados Dáctilos, o dioses de los Dedos, y los coronó con coronas de mirto. Le divirtieron mucho con sus juegos y sus danzas. Pero Rea les ordenó en secreto a los Dáctilos que ocultaran al próximo hijo del Sol, para que Cronos no lo viera. Ellos la obedecieron y engañaron a Cronos, colocando una piedra de rayo con forma de hacha en un saco y haciendo ver que era el hijo de Rea que, como siempre, tiraban al mar en lugar de él. Esto dio lugar al proverbio de que la mano derecha siempre ha de saber lo que está haciendo la mano izquierda. Rea no podía amamantar al niño, a quien llamó Zagreo, sin despertar las sospechas de Cronos; por lo tanto, los Dáctilos le trajeron una cerda bien gorda que le sirviese de nodriza –circunstancia que más tarde a Zagreo le molestaba que le recordasen–. Después de un tiempo, como les resultaba incómodo tener que ahogar su voz infantil tocando fuertemente el tambor y la flauta cada vez que lloraba, lo destetaron de la cerda y se lo llevaron del monte Dicte. Lo confiaron al cuidado de unos pastores que vivían lejos de allí, hacia el oeste, en el monte Ida, quienes lo alimentaron con queso de oveja y miel. De este modo terminó la segunda Edad, que había sido la Edad de Oro.
Rea apresuró la llegada de la nueva Edad fomentando la agricultura y enseñándole a su servidor, Prometeo el cretense, cómo producir fuego artificialmente con la rueda de la cruz gamada. Se rió largo tiempo para si cuando Zagreo castró y mató a su padre Crono con una hoz de oro que Prometeo había forjado, y aun más cuando intentó disfrazarse de cuco mojado y le suplicó que lo acogiera en su regazo y le devolviera la vida. Ella fingió que lograba engañarle, y cuando volvió a cobrar su verdadera forma le permitió gozar de ella.
–Desde luego que si, mi pequeño dios –le dijo–, puedes ser mí amante y servidor si lo deseas.
Pero Zagreo respondió con insolencia:
–No, Rea, yo seré tu amo y te diré lo que tienes que hacer. Yo soy más astuto que tú, pues te engañé con mi disfraz de cuco. Y también soy más razonable que tú. Con un acto de mi razón acabo de inventar el tiempo. Ahora que el tiempo ha comenzado con mi advenimiento, podremos tener fechas, historia y genealogía en lugar de mitos eternos y vacilantes. Y el tiempo registrado, con su cadena de causas y consecuencias detalladas, será la base de la lógica.
Rea quedó asombrada y no sabía si pulverizarlo con un golpe de su sandalia o reclinarse estallando en risas. Finalmente no hizo ni una cosa ni la otra. Dijo solamente:
–¡Oh, Zagreo, Zagreo, mi pequeño hijo del Sol, qué extrañas ideas has mamado de las ubres de tu nodriza, la Cerda de Dicte!
Él respondió:
–Mi nombre es Zeus, y no Zagreo; y yo soy el hijo del Trueno y no el hijo del Sol; y me amamantó la cabra Amaltea de Ida y no la Cerda de Dicte.
–Esa es una triple mentira –dijo Rea sonriendo.
–Eso ya lo sé –respondió él–. Pero ahora soy lo suficientemente grande y fuerte como para poder decir mentiras triples o incluso séptuples, sin temor a que me contradigan. Si tengo un temperamento bilioso es porque los ignorantes pastores de Ida me hicieron comer demasiados panales de miel. Ten cuidado con mis imperiosos mandatos, madre, te lo advierto, pues de aquí en adelante soy yo, y no tú, el Único Soberano de todas las cosas.
Rea suspiró y respondió con placidez:
–Querido Zagreo, o Zeus, o como quieras que te llamen, ¿es que has adivinado lo cansada que estoy del orden natural y metódico de este patente universo y de la ingrata labor de supervisarlo? Gobiérnalo tú, Hijo, ¡gobiérnalo, desde luego! Déjame que me recueste un rato para meditar sin prisas. Si, yo seré tu esposa, tu hija y tu esclava; y cuantas contiendas o perturbaciones traigas a mi hermoso universo por actos de razón, como lo llamas tú, te las perdonaré, porque tú aun eres muy joven y no se puede esperar que comprendas las cosas tan bien como yo. Pero te ruego que tengas cuidado con las Tres Furias, nacidas de las gotas de sangre que cayeron de los genitales cortados de tu padre; trátalas bien, o algún día lo vengarán. Registremos el tiempo, las fechas, la genealogía y la historia, ¿por qué no?, aunque preveo que te van a causar mucha más ansiedad y mucho más placer del que merecen. Y, ¿cómo no?, utiliza la lógica como apoyo para tu inteligencia atrofiada y como justificación de tus absurdos errores. Sin embargo, primero he de imponerte una condición: habrá dos islas, una en el mar del Occidente y otra en el mar de Oriente, que yo conservaré para mi culto antiguo. Allí ni tú, ni ninguna otra deidad en la que puedas dividirte tendrá jurisdicción alguna; solamente yo y mi serpiente Muerte, cuando se me antoje mandarla venir. La del Occidente será la isla de la inocencia, y la de Oriente será la de la iluminación; en ninguna de ellas se llevará cuenta del tiempo sino que cada día será como mil años, y viceversa.
Inmediatamente hizo surgir de las aguas la isla occidental, como un
jardín, a un día de navegación de España; y también cubrió con una nube el órgano seccionado de Cronos, que los Dáctilos se llevaron cuidadosamente a la isla oriental, que ya existía, donde se convirtió en su compañero, el alegre dios de cabeza de pez, Priapo.
Entonces Zeus dijo:
–Esposa, acepto tus condiciones si tú consientes que tu otro yo Anfitrite ceda el dominio de los mares a mi oscuro hermano Poseidón.
Rea contestó:
–Consiento, esposo, pero reservando para mi propio uso las aguas que se extienden a cinco millas alrededor de mis dos islas; también puedes gobernar el cielo en lugar de Eurínome, y poseer todas las estrellas y planetas y el propio sol; pero yo me reservo la luna para mí.
Cerraron el trato con un apretón de manos y Zeus, para demostrarle su poder, le dio un fuerte cachete en el oído, y bailó armado una danza amenazadora, golpeando, con su hacha de piedra de rayo, su escudo de oro y haciendo que el trueno resonara horriblemente por las bóvedas del firmamento. Rea sonreía. No había perdido en el trato su control sobre tres cosas de suma importancia, que Zeus ya nunca logró arrancarle: el viento, la muerte y el destino. Por esto sonreía.
Al poco rato, Zeus frunció el ceño y le dijo que dejara de sonreír y fuera a asarle un buey, pues tenía hambre. Esta fue la primera orden jamás recibida por Rea, que se quedó allí indecisa, porque la idea de comer carne asada le repugnaba. Zeus volvió a golpearla y le gritó:
–¡Date prisa, mujer, date prisa! ¿Por qué crees que he inventado el fuego si no es para que me ases o me hierbas sabrosas comidas?
Rea se encogió de hombros e hizo lo que le había mandado, pero al principio Zeus no pudo convencerla de que compartiese con él el festín.
Entonces Zeus, para demostrar su poder, hizo desaparecer la mayor parte de la humanidad con un diluvio, y formó con barro un nuevo hombre llamado Deucalión y una nueva mujer llamada Pirra y les infundió vida con su aliento. Con su nacimiento terminó por fin la Segunda Edad, y empezó la Tercera Edad, la de Bronce. En la Edad de Bronce Zeus le dio muchos hijos a Rea, a quien había impuesto el nuevo nombre de Hera, pero no los dejó permanecer mucho tiempo junto a ella. En cuanto tenían edad suficiente para valerse por si solos, enviaba a sus sacerdotes de cara de tiza, los Tutores, a que se los robasen durante la noche; estos Tutores disfrazaban a los niños poniéndoles barbas postizas y ropas masculinas, los iniciaban en las artes y costumbres masculinas y hacían creer que eran hijos de mujeres mortales. En cada ocasión los Tutores simulaban al principio que habían quemado a los niños con un rayo y los habían reducido a cenizas para que Hera no intentara rescatarlos. Hera sonreía al oír los tambores y las bramaderas con que imitaban el trueno, porque el engaño era muy torpe, y además no quería que le devolvieran a sus niños, por el momento. Pronto empezaría la Edad de Hierro, que está empezando ahora...
Los argonautas escuchaban esta historia, y cuando Orfeo hubo terminado todos suspiraron a la vez: el sonido parecía el susurro de los juncos al moverse. Idas, con una voz tenue, tan distinta a su habitual voz grosera y descortés, preguntó:
–Dinos, Orfeo, ¿dónde se halla esta isla occidental?
Orfeo respondió:
–Los tracios la llaman Isla del Ámbar; los troyanos la llaman Dardania; pero vosotros los griegos la llamáis Samotracia. El santuario de la diosa está situado al pie de una alta montaña en forma de pico, en la costa norte, una costa peligrosa para la navegación excepto en tiempo de calma. Dormid ahora, camaradas, envueltos en vuestras mantas; por la mañana temprano vararemos el Argo a los pies de la diosa.

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