Tamara y el demonio (1889) por Konstantin Yegorovich Makovsky





El triste Demon, espíritu expulsado,

Volaba sobre la tierra pecadora,

Y recuerdos de días mejores
Ante él se agolpaban, en tropel.

Aquellos días, cuando en la morada de la luz

Brillaba él – un puro querubín;
Cuando a un cometa volador le gustaba

Intercambiar, con una sonrisa cariñosa
Su saludo con él.
Cuando a través de neblinas eternas,
Ansioso de saber seguía móviles caravanas

De luminarias, tiradas en el espacio;

Cuando él creía y amaba,
¡Feliz primogénito de la creación!
No conocía ni maldad, ni duda.

Y no amenazaba a su mente

La triste serie de siglos estériles…
Y mucho, mucho… ¡y todo
Recordar no tenía fuerza!
II

Hace mucho, vagaba rechazado
En el desierto del mundo, sin amparo.

Un siglo corría detrás de otro
Como un minuto, tras otro minuto,
En una serie uniforme.

Dominando a la ínfima tierra,
Sembraba el mal sin gozo,

Ninguna parte encontraba oposición
A su arte. Y el mal lo aburrió.
IX

Y el Demon vio… Por un momento
Una inquietud incomprensible

De repente, sintió en él.
El desierto de su alma mudo

Llenó un sonido bendito –
Y de nuevo, percibió él un santuario

De amor, bien y belleza!..

Y por un largo rato él admiraba
A la dulce imagen – y sueños

Sobre la felicidad anterior,
Como una larga cadena,
Como estrella tras estrella

Transcurrían ante él, entonces.
Encadenado por una fuerza invisible,

Conoció a la tristeza nueva;
En él habló, de repente, el sentimiento,

Con un idioma antaño conocido.

¿Era esto una señal de renacimiento?
Las palabras pérfidas de seducción
No podía encontrar en su mente…
¿Olvidar? – el olvido no fue dado por Dios:
¡Y él no aceptaría el olvido!..
XVI

En el espacio de ether azul
Uno de los Santos Ángeles volaba con alas de oro
Llevando del mundo un alma pecadora
En sus brazos.
Con palabra dulce de esperanza
Disipaba sus dudas
Y los rastros del pecado y sufrimiento

Lavaba con sus lágrimas.
Desde la lejanía ya les llegaban
Sonidos del Paraíso, cuando, de repente,
Cortándoles el camino libre
Surgió desde el abismo, el espíritu infernal.

Era potente como un ruidoso vendaval

Brillaba como un relámpago,
Y orgulloso, en su arrogancia demente,

Dijo: "¡Ella es mía!"
Se aferro al pecho protector
El alma pecadora de Tamara,

Tratando de ahogar el horror con oración.
El futuro de su destino se decidía,
Él estaba de nuevo ante ella.
Pero, Dios, ¿quien podría reconocerlo?

Con que mirada de maldad miraba,
Como estaba lleno de mortal veneno,
De hostilidad sin fin y emanaba

El frío de la tumba, de su inmóvil rostro.
"¡Desaparece, espíritu sombrío de la duda!"
El mensajero del Paraíso contestó:
"¡Basta ya de tu triunfo!
La hora de juicio ya llegó
Y es misericordiosa la decisión de Dios.
Los días de prueba ya pasaron.

Con la vestidura perecible de la tierra,
Cadenas del mal se cayeron de ella.

¡Que sepas! ¡La esperábamos hace tiempo!
Su alma era de aquellas cuya vida
Es un instante de indecible sufrimiento
Y de inalcanzable gozo:

El Creador tejió del mas puro ether
Las cuerdas vivas de ellas.

Ellas no están creadas para el mundo
Y el mundo no fue crecido para ellas.

Con u precio cruel ella redimió sus dudas
Ella sufría y amaba
¡Y el Paraíso se abrió al amor!"
Y el Ángel miró severamente al seductor

Y con gozoso batir de alas
Se hundió en la luz del cielo.
Y maldijo el Demon vencido

Sus sueños dementes
Y de nuevo quedó arrogante

Solo como antes en el Universo,
Sin esperanza ni amor!

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