¿Cómo quieren que les escriba?, por Roberto Arlt

¿De qué manera debo escribir para mis lectores? Porque algunos opinan blanco y otros negro. Así, la nota sobre las filósofas ha provocado una serie de cartas, en las que algunos me ponían de oro y azul, y otros, en cambio, me elogiaban hasta el cansancio. Aquí a mano tengo dos cartas de lectoras. Las dos perfectamente escritas. Una firma Elva y se lamenta de que sea antifeminista. Otra firma “Asidua Lectora” y con amables palabras encarece mis virtudes antifeministas. ¡Muchas gracias! Lo curioso es que toda la semana han estado llegando cartas con opiniones encontradas, y nuevamente me pregunto: ¿de qué modo debo dirigirme a mis lectores? Seriamente, no creía que le dieran tanta importancia a estas notas.
Yo las escribo así nomás, es decir, converso así con ustedes, que es la forma más cómoda de dirigirse a la gente. Y tan cómoda que hasta algunos me reprochan, aunque gentilmente, el empleo de ciertas palabras. Uno me escribe: “¿Por qué usa la palabra ‘cuete’ que estaría bien colocada si la hubiera puesto un carnicero?” Pero como yo tomo el volumen dieciséis de la Enciclopedia Universal Ilustrada y encuentro en la página 1042: “Cuete, m. Americanismo Cohete”. Del Hablar Este mismo lector continúa: “Por favor, señor Arlt, no rebaje más sus artículos hasta el cieno de la calle…” Comencemos por establecer que la frase “al cuete” puede usarla usted, estimado lector, delante de cualquier dama, sin que se ruborice ya que ella –deriva de cohete, es decir, un mixto pirotécnico, hablando en puro castellano. Y usted sabe que la pirotecnia es de colores bonitos y nada más. Después de la pirotecnia vienen los explosivos, es decir, lo efectivo, aquello que tira abajo cualquier obstáculo. Y yo tengo esta debilidad: la de creer que el idioma de nuestras calles, el idioma en que conversamos usted y yo en el café, en la oficina, en nuestro trato íntimo, es el verdadero. ¿Qué yo hablando de cosas elevadas no debía emplear estos términos? ¿Y por qué no, compañero? Si yo no soy ningún académico. Yo soy un hombre de la calle, de barrio, como usted y como tantos que andan por ahí. Usted me escribe: “no rebaje más sus artículos hasta el cieno de la calle”. ¡Por favor! Yo he andado un poco por la calle, por estas calles de Buenos Aires, y las quiero mucho, y le juro que no creo que nadie pueda rebajarse ni rebajar al idioma usando el lenguaje de la calle, sino que me dirijo a los que andan por esas mismas calles y lo hago con agrado, con satisfacción. Así me escribe gente que, posiblemente, sólo escribe una carta cada cinco años y eso me enorgullece profundamente. Yo no me podría hacer entender por ellos empleando un lenguaje que a mí no me interesa para nada y que tiene el horrible defecto de no ser natural. El Hermoso Idioma Popular François Villon, gran poeta francés, que tuvo el honor de fallecer ahorcado por dedicarse a arrebatarle la capa y las bolsas de escudos a sus prójimos, dejó maravillosos poemas escritos en lenguaje popular. Quevedo, así como Cervantes en Las Novelas Ejemplares usan la “Germania”, el gitano o el caló hasta cansarse, y no hablemos de los escritores actuales, que allí están por ejemplo, Richepin y Charles Louis Phillipe en Babu de Montparnasse, empleando lo más interesante del caló francés, y mi director, que entiende inglés, me dice que en Estados Unidos hay periódicos respetablemente serios cuyas historietas están redactadas en el caló o “slang” de la ciudad, que en el idioma popular de Nueva York es distinto al de California o al de Detroit. Vez pasada, en El Sol de Madrid apareció un artículo de Castro hablando de nuestro idioma para condenarlo. Citaba a Last Reason, los mejor de nuestros escritores populares, y se planteaba el problema de a dónde iríamos a parar con este castellano alterado por frases que derivan de todos los dialectos. ¿A dónde iremos a parar? Pues a las formación de un idioma sonoro, flexible, flamante, comprensible para todos, vivo, nervioso, coloreado por matices extraños y que sustituirá a un rígido idioma que no corresponde a nuestra psicología. Porque yo creo que el lenguaje es como un traje. Hay razas a las que les queda bien un determinado idioma; en cambio, tienen que modificarlo, raerlo, aumentarlo, pulirlo, desglosar giros, inventar sustantivos. Por ejemplo, en nuestro caló tenemos la frase: “la merza”. ¿Qué palabra hay en castellano para designar a un grupo de sujetos de oscuro “modus vivendi”? Ninguna. Pero usted, en nuestro idioma, dice “la merza” y ya sabemos a qué clase de gentes se refiere. ¿Con qué se sustituiría en español la palabra “patota”? Y así, cientos de ellas. Ningún escritor Créanme. Ningún escritor sincero puede deshonrarse ni se rebaja por tratar temas populares y con el léxico del pueblo. Lo que es hoy caló, mañana se convierte en idioma oficializado. Además, hay algo más importante que el idioma, y son las cosas que se dicen. Valle Inclán nos refiere cómo San Bernardo predicaba la cruzada pueblos que no entendían absolutamente una palabra de lo que él decía; pero era tal su fervor y tan intenso su entusiasmo, que lograba arrastrar millares de hombres tras él. Si usted tiene “cosas” que decir, opiniones que expresar, ideas que dar, es indiferente que las exprese en un idioma rebuscado o sencillo. ¿Me equivoco? Si usted tiene algo que decir, trate de hacerlo de modo que todos lo entiendan: desde el carrero hasta el estudioso… Que ya dice el viejo adagio: “El hábito no hace al monje”. Y el idioma no es nada más que un vestido. Si abajo no hay cuerpo, por más lindo que sea el trajecito, usted, mi estimado lector ¡va muerto!

3 de septiembre de 1929.

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